miércoles, 3 de junio de 2020

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Lo absolutamente cierto

lunes, 1 de junio de 2020

MORIRÉ PARA VIVIR


Se dice que el insigne Director de Orquesta y compositor del post romanticismo musical Gustav Mahler vivía en un mundo imaginario, profundo y oscuro, caracterizado por el sufrimiento. La tragedia acompaña su vida desde muy temprana edad con el fallecimiento de sus siete hermanos, convirtiendo los primeros veinte años de la vida del pequeño Gustav en una sucesión interminable de duelos.

Se une a su triste realidad el carácter violento y profundamente autoritario de su padre que se reflejaba diariamente en la vida del hogar, con el maltrato psicológico y físico a su madre.

Pero es en el verano de 1907, a los cuarenta y seis años de edad, cuando sufre Mahler la peor mas no la única de las tragedias que influenciarían posteriormente su vida, la que diseñaría en lo sucesivo todo cuanto rodea a su magistral e imponente, mas no extensa, obra artística.

Exhausto por las presentaciones en Viena, Mahler se traslada con su familia en 1907 a la villa de verano que había construido en la localidad de Maiernigg, a orillas del lago Worthersee en la región de Karnten en Austria.

Durante estas vacaciones, ambas hijas del compositor enferman, la pequeña de escarlatina y la mayor de difteria. La primera logra curarse, mas su hija predilecta, Maria Anna a quien llamaban cariñosamente “Putzi” fallece el 12 de julio de ese año, a punto de cumplir cinco años de edad.

Ese trágico acontecimiento se convierte en el principio del fin de un hombre cuya salud mental entraba en franco y abrupto deterioro. Mahler se hace revisar por un médico quien le diagnostica una grave pero tratable dolencia cardíaca. Dicha enfermedad fue un factor decisivo en la depresión que caracterizaría su vida los años subsiguientes.

Casado con Alma Schindler, ya Mahler había plasmado de alguna manera en sus composiciones tempranas la agonía y el trágico devenir de su vida. Lo prueba la música que le puso entre 1901 y 1904 a la colección de poemas de Friedrich Rükert conocidas como el ciclo de canciones Kindertotenlieder (“Canciones de los niños muertos”) en la que la muerte de niños (primero sus hermanos y posteriormente la de su propia hija) se convertía en testigo y referencia de su vida.

Alma Schindler siempre estuvo convencida de que con los Kindertotenlieder Mahler había tentado a la muerte permitiéndole que entrara en su casa. En cierto modo consideraba a su marido culpable de la muerte de la pequeña. En lo que a ella respecta, su matrimonio significaba el abandono de sus propias inquietudes artísticas y musicales para dedicarse completamente al cuidado de su marido y de sus hijas. Alma solo le ayudaba como copista y lectora de pruebas de las obras. 

Al sufrimiento por la pérdida se suma la culpa a que le somete Alma Schindler.

El matrimonio Mahler atravesaba una grave crisis desde hace años, que se vio sensiblemente afectada con la muerte de la hija. A la tragedia de esa muerte siguió una serie de acontecimientos que impactaron, tanto al compositor como a su esposa, con inoportuna crueldad. Al diagnóstico de la enfermedad cardiaca de Mahler siguió un aborto de Alma (quien se encontraba en estado de gestación cuando fallece Maria Anna).

Centrado obcecadamente y por completo en la composición, Mahler trabaja en su octava sinfonía (obra que había iniciado el verano de 1906) y en consecuencia descuida su relación matrimonial. Alma le es infiel en varias oportunidades. Mahler descubre una carta en la que el arquitecto y diseñador Walter Gropius, detalla los momentos íntimos que había sostenido con Alma a lo largo del año. Carta que por error llevaba como destinatario a un “señor Mahler” en lugar de la “señora Mahler”.

Gustav Mahler era casi veinte años mayor que Alma quien siempre mostró tendencia a mantener relaciones sentimentales con hombres que la aventajaban considerablemente en edad. A la construcción de un hogar sigue la destrucción a través de la muerte y el engaño.

Pero Mahler amaba profundamente a su esposa y el temor a perderla lo sumió en un estado profundo de melancolía. Un amigo y discípulo suyo, Director de la Ópera de Viena, Bruno Walter le sugiere entonces la idea de consultar profesionalmente al ya para ese tiempo afamado psicoanalista judío Sigmund Freud.

Mahler acepta de mala gana la sugerencia y es así como el 26 de agosto de 1910, luego de pedir cita y cancelarla en varias oportunidades, Mahler interrumpe las vacaciones de Freud en el Mar del Norte. Freud sugiere que la reunión se efectúe en la ciudad universitaria de Leiden, Holanda. Al parecer no fue casual para el encuentro que la palabra “Leiden” traducida al alemán signifique sufrimiento.

Sigmund Freud declararía pasado el tiempo que ningún compositor había llegado a expresar de un modo tan conmovedor como Gustav Mahler la construcción tanto de su obra artística como el deseo de formar un hogar, como el fracaso de la familia y la destrucción, por sí mismo y por obra de la inesperada adversidad. La interminable lucha entre el Eros y el Tanatos.

En cierta forma la creación musical supuso para Gustav Mahler su salvación vital.

Cuando aún no había transcurrido un año desde su sesión terapéutica con Freud, Gustav Mahler sufrió, producto de su agotamiento, un empeoramiento de su enfermedad cardíaca mientras dirigía un concierto tras otro en Estados Unidos, motivo por el que decidió interrumpir la gira y regresar a Europa.

Gustav Mahler falleció como consecuencia de una neumonía, el 18 de mayo de 1911.

El diagnóstico de la sesión de psicoanálisis entre Mahler y Freud es demoledor: Mahler es un personaje obsesivo-compulsivo, como se refleja en su exigencia y meticulosidad como director de orquesta y en la mayoría de las estructuras de sus sobradamente complejas obras. Aunque discutible, algunos autores sostienen que el trastorno bipolar es característica y fuente de creatividad y en este sentido biógrafos de Mahler sostienen que padecía un trastorno mental de ese tipo lo que le permitía lograr las sorprendentes variaciones en cada una de sus obras sinfónicas. Aún cuando tras el fallecimiento de Mahler Sigmund Freud, con cierto inexplicable desapego al secreto profesional que de alguna manera debía pervivir, hizo algunas no muy afortunadas declaraciones sobre la entrevista, no formuló comentario alguno sobre este aspecto.

El anhelo por alcanzar a Dios, el amor por la Naturaleza, por la pureza y la belleza emerge en las composiciones de Mahler a través de la tragedia humana, expresada por medio de sobrecogedoras sinfonías que, en palabras del propio compositor, debían abarcar el mundo; simple “…reflejo de la complejidad del hombre y del artista.”

En la obra de Mahler son evidentes los múltiples ejemplos de polifonías contrastantes que surgen de lo que fue su permanente e irresoluto estado anímico. Lo alegre versus lo triste y dramático. Lo superficial y lo trascendente. La euforia y la melancolía hasta alcanzar la profunda depresión. Ciclos que obviamente se producían y alternaban en la personalidad de Mahler y que hoy inducen al diagnóstico, como ya se ha mencionado, de un probable trastorno bipolar.

Producto de revisar su obra sinfónica en conjunto, nos encontramos frente a una Sinfonía la cual, si bien es cierto fue escrita antes de las principales tragedias de Mahler, surge como el prólogo de lo que le tocaría vivir: su Sinfonía número 2 en Do menor (“Resurrección”) que había nacido como Poema Sinfónico en un movimiento (Totenfeier) y que proporciona una clara descripción de su estado mental y de su actitud frente a la vida. La tragedia, pero también la esperanza de la vida tras la muerte. La ascensión, manifestada en el pasaje coral de la obra, de apenas un minuto de duración. El contenido semántico del terrible problema de la vida: la redención. El finale: “Moriré para vivir”.


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