lunes, 26 de septiembre de 2022

La cena

Y por fin llegó ese sábado. Se había invitado a una cena informal con una semana de anticipación. La cena entre amigos en casa. No "entrañables" pero sí apreciados. Llegaron tarde, como era de esperarse. Siempre ha sido así, no tenía por qué ser diferente esta vez. Y la misma excusa, obviamente. José no recordó que esa la había utilizado la última vez que estuvieron en casa. Para cenar, también. Pero bueno. No pasa nada como dicen aqui en España.

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Una comida realmente exquisita. Porque ella se esmera. Porque sencillamente es buena cocinera. Y eso me gusta, indudablemente. Un risotto al tomate como primer plato, solomillo de pavo a la mostaza acompañado de puré de patatas y acelgas al vapor con almendras fileteadas de segundo y de postre, el infaltable Tiramisú, que le queda excepcional realmente. Son dos los postres que ella hace muy bien: ése y el quesillo venezolano. De beber dos vinos: el que trajo Antonio, de 37€  y el que trajo José, de 5€. Es cierto que no importa tanto el costo de las cosas como la intención, pero también lo es la manifestación de estima cuando la persona que regala tiene los medios suficientes para dar mejores obsequios a quienes son sus anfitriones. Bueno... así son las cosas y así se aprende a catalogar a la gente. O, más bien, a colocarlas en el lugar que les corresponde.

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Bebimos mucho. Desde la mañana tratábamos de recordar qué es lo que tomaba Vilma, la esposa de José. En realidad, qué es lo que le habíamos servido la última vez que estuvieron en casa. No era vermouth, no era vodka. Tal vez whisky. Al final no importó nuestra preocupación pues tomó whisky. El primero, servido por mí, fue un Johnnie Walker etiqueta negra, en las rocas. Yo había comprado una botella espècialmente para la gente que toma whisky y evitar que se les ocurriese ligarlo con algo como agua, soda o, en extremo: coca cola. No tenía yo ganas de compartir mi Single Malt Cardhu 12 años con nadie, aunque al final se lo terminé ofreciendo a Antonio. Porque supe que él sí lo apreciaría y no se atrevería, por nada en el mundo, a mezclarlo con algo. Aunque parecía haberlo aceptado con la honorabilidad con la que yo se lo había ofrecido, y como un potencial conocedor de este alcohol, luego entendí que no tiene ni idea de eso. Tal y como me sucedió con los puros. Pero bueno, Sólo especulación barata la mía. Y, además, sin importancia. Lo que sí resultó sorprendente fue que Vilma, en un descuido mío, vio la botella de Cardhu y se sirvió, a sabiendas, el whisky en las rocas. Lo que para mí es sencillamente un sacrilegio. Y así se lo hice saber, directa y cruelmente, al enterarme por mi esposa quien luego se moría de la vergüenza. Pero es que Vilma no es muy agradable. Tal vez si hubiese sido otra persona, el detalle hubiese pasado sin mucha trascendencia. Pero no. Ella es desagradable. No nos llevamos bien desde el día en que le hice saber, indirectamente que ella no er artista sino una artesana. El término la ofendió. Y no sé a estas alturas si era para ofenderse. Si alguien pregunta debe estar dispuesto a escuchar la opinión, cualquiera que sea. ¿O no?

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